Resulta (Blanca, 2014), no es hasta hace unos

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Resulta (Blanca, 2014), no es hasta hace unos

Resulta natural pensar que la ciencia y la
religión son antípodas de la humanidad que han estado en constante choque desde
sus respectivos inicios y que esta dicotomía solo será rota cuando alguno de
los dos se rinda o deje de existir, pero muchas veces se ignora lo que existe
detrás. Es lógico imaginar que ambas formas de pensamiento promueven una manera
específica de vislumbrar la vida y de dar respuesta a preguntas existenciales
que nos han perseguido incansablemente desde que tenemos uso de la razón. Sin
embargo, esto no siempre se ha interpretado como que cada ser humano debe
elegir cómo quiere explicar su realidad, sino que ha causado confrontaciones
que se remontan a siglos atrás, y discutiré esto expresando mi más sincera
opinión al respecto sin irrespetar ninguna ideología y siendo lo más objetivo
posible.

Si bien es cierto que la religión existe
desde el momento en el que los seres humanos empezamos a preguntarnos el porqué
de muchos fenómenos que parecían no tener explicación lógica, la ciencia no
puede decir lo mismo. A pesar de que desde la antigüedad existen civilizaciones
con sus propios métodos para hacer ciencia (como los hindúes, los egipcios, los
babilónicos, los mayas, los aztecas, los romanos, los griegos, los incas, entre
muchas otras) (Blanca, 2014), no es hasta hace unos pocos siglos que se
estableció un sistema formal que nos ha permitido producir conocimiento
racional, sistemático, verificable, exacto y falible a través de la
investigación científica. Para ser más específico, la ciencia deja de ser una
práctica que variaba dependiendo de la cultura a la que nos referíamos en el
siglo XVII con el surgimiento de la Ilustración (Hodgson, 1999). De acuerdo con
Peter Hodgson, es aquí cuando, en Europa, se empiezan a sentar las bases de lo
que sería la ciencia que utilizamos hoy en día, con un método determinado y con
la universalidad que la caracteriza como tal.

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Sería complicado ubicar históricamente el
surgimiento de un proceso tan polémico como el conflicto ciencia-religión
debido a que la historia que tenemos registrada es equívoca y está muy
alterada, pero puede localizarse aproximadamente en el siglo XVI. Es aquí cuando
Nicolás Copérnico propuso su teoría heliocéntrica (Alfonseca, 2016), la cual
sostenía, entre otras cosas, que la Tierra no era el centro del universo como
se pensaba, sino que es el Sol y que los planetas orbitan alrededor del mismo
(Copérnico y Heliocentrismo, 2013). Conviene subrayar que un modelo planetario
muy parecido ya había sido propuesto por Aristarco de Samos en el siglo III a.
C. (Pardo, 2010), pero no causó el revuelo que tuvo que soportar Copérnico.  La colisión se suele situar en este período
histórico porque esta proposición copernicana rompió con lo que se tenía
establecido hasta ese momento (teoría geocéntrica), lo cual encendió la llama
del conflicto.

Sucede que, a pesar de que la Iglesia Católica
fue la que tuvo una participación indiscutible en la negación y penalización de
los modelos científicos surgidos, estos también contradecían los dogmas de
todas las religiones que basaban sus doctrinas en la teoría geocéntrica, como
el islam y el judaísmo. Tal fue el desprecio que provocó la teoría heliocéntrica
que le terminó costando la vida a Copérnico, y aquí inicia oficialmente la
disputa entre ambos “bandos”. Por otra parte, los astrónomos italianos Galileo
Galilei y Giordano Bruno continuaron la obra que había iniciado Copérnico,
pero, para el desfortunio de la ciencia, sufrieron la misma suerte. Observando
esta situación puedo inferir que todo empezó porque la Iglesia Católica notó
que sus intereses se veían amenazados ante el desarrollo científico que, para
el bien de la humanidad, se estaba alcanzando. Para ser directo, pienso que
nada de esto habría ocurrido si tan solo la naturaleza humana no se hubiera
puesto de por medio, porque el dilema no radica en la ideología que pueda
defender un determinado grupo, sino en el deseo ferviente que llevamos dentro
todos los seres humanos de tener el pensamiento predominante y de lucrarnos a
partir de la ingenuidad de las masas.

En adición a las causas mencionadas en el
tema expuesto anteriormente, la ciencia y la religión tienden a sufrir fuertes
choques por la esencia que tiene cada una (sus ideologías). Como bien es
sabido, la ciencia busca estudiar la realidad aplicando un método rígido que se
considera como válido dentro del ámbito científico y, de este modo, da
respuesta a preguntas que no podrían ser contestadas acertadamente ni con la
intuición ni con la fe. No obstante, la religión explica estas cuestiones utilizando
la fe como fuente principal de la verdad, y atribuye cualquier fenómeno desconocido
a la existencia de un ente omnipotente que nos usa como marionetas para cumplir
su obra divina. Ahora bien, la situación no se encuentra aquí, porque lo más
convencional es que diferentes grupos de humanos piensen de forma distinta
respecto a un mismo tópico. Sin embargo, la mixtura se vuelve peligrosa cuando
le añadimos el factor humano. Se ha visto repetidas veces en la historia que
tenemos documentada que las incompatibilidades ideológicas siempre han
desembocado en disputas, así sean armadas o pacíficas. Es por esto que, a lo
largo de la historia, científicos y religiosos se han envuelto en
enfrentamientos que podrían haberse evitado de haberse utilizado el diálogo pacífico.

A pesar de las diferencias, lo ideal sería
que se respeten las distintas formas que existen de entender la realidad y
todos los sucesos que ocurren inevitablemente, pero no todo es color de rosas.
Lamentablemente para la humanidad, dentro de los grupos religiosos existen
numerosos individuos que se toman muy en serio sus creencias, y hacen lo que
sea por imponer sus credos. Algunos de los casos más populares de este radicalismo
religioso son: las cruzadas, donde la Iglesia Católica sostuvo conflictos
armados contra los musulmanes para “recuperar la Tierra Santa” (Cruzadas, 2012);
la Santa Inquisición, período en el que los “herejes” eran ejecutados por
diferir del pensamiento de la Iglesia Católica (JJD, 2016); y los ataques terroristas
protagonizados por musulmanes radicales que afirman que todos los que no
comparten el islamismo son “infieles” y deben ser ajusticiados en el nombre de
Alá (Herrera, 2015).

Habiendo analizado la ideología que sigue
cada parte, es momento de profundizar en el objetivo de cada una. Como ya
mencioné, la religión persigue lo que le beneficia a toda costa, sin importar
que al hacerlo tenga la razón o no. En contraste, la ciencia se interesa por el
saber que puede beneficiar la condición humana y, además, ampliar nuestros
horizontes de la sapiencia para ofrecernos un desarrollo óptimo como especie, y
así poder trascender con el paso de los siglos. Entonces, si esto es así, sería
acertado afirmar que el biólogo Richard Dawkins siempre ha tenido la razón al
establecer lo siguiente: “¿Será que la religión es una enfermedad infecciosa de
la razón?” (Ciencia y religión, 2011) Si existe un sistema organizado que nos
permite entender la razón por la que la Tierra orbita alrededor del Sol basándose
en datos objetivos que han pasado por un vasto de proceso de observación y de experimentación,
¿por qué seguir creyendo en una doctrina que, en lugar de aportarnos
conocimiento para seguir avanzando como especie, nos dice que este efecto se
debe a la acción divina de una entidad omnipresente, omnisapiente y perfecta que
jamás hemos visto? Pues esto quizás se deba al hecho de que resulta muy
sencillo para las masas humanas atribuir cualquier rareza que les resulte difícil
inteligir a la existencia de un ser que sobrepasa con creces nuestro limitado
entendimiento, y a su vez dejar de lado el trabajo de miles de científicos que
dedicaron sus vidas al avance científico. Fruto de este acotado pensamiento, se
da el aprovechamiento de las religiones tanto a nivel lucrativo como de poder. Para
concluir, quiero citar una frase de Richard Dawkins que, en mi opinión, es lo más
certero que se puede comentar acerca de la religión: “Estoy en contra de la
religión porque nos enseña a estar satisfechos con el no entendimiento del
mundo.” (Ignacio, 2017)

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